Epifanías de la vida cotidiana

Foto: reddit

Alguien me dijo algo, casi al pasar, algo que se volvió rápidamente un descubrimiento. No quiero exagerar demasiado, solo lo justo y necesario para capturar su atención, pero la realidad a veces es demasiado sorprendente. A veces pasan cosas, surgen pequeños momentos, pequeños datos, que transforman la vida de una manera minúscula pero al mismo tiempo imprescindible. Son como pequeñas epifanías. Momentitos individuales que cambian la forma de encarar una pequeña tarea, o de enfrentarse a un determinado fenómeno, y que con ese granito de arena vuelven distinta la vida de una persona adulta.

Epifanías de la vida cotidiana. Aprendizajes, en definitiva. No es más que eso. Es el pasaje de la oscuridad a la luz, si es que la oscuridad representa lo que desconocemos y la luz lo que conocemos, cosa que todavía está por verse.

Alguien me dijo, casi al pasar,algo que se volvió rápidamente un descubrimiento. Fue, el fin de semana, en un cumpleaños infantil no lo suficientemente deconstruido y progre como para no entregar cajitas de jugo. Yo estaba sorbiendo y sorbiendo como bien hacemos todos, un poco felices de recibir el néctar y otro poco triste porque sabía que se venía el final del jugo, ese momento dramático donde queda líquido, pero ya la pajita no tiene suficiente recorrido para llegar a ese fondo. Cuando llega ese momento, uno se vuelve una especie de malabarista, buscando cómo extraer de la cajita  todo el líquido por el que ha pagado, empieza a inclinar, balancear, estrujar, siempre con un resultado más o menos idéntico que es el fracaso. En eso se parece la vida a las cajitas de jugo. La tarea se presenta como compleja, imposible, porque no decirlo. Frustrante. Y más aún cuando es una caja de chocolatada y no de jugo. Porque ahí el placer escondido en ese último chorrito puede ser muy pero muy importante proporcionalmente. En todos esos pensamientos andaba yo, cuando llegó el momento exacto del final, y empecé con ese juego de la absorción. Como siempre, el fracaso era el final marcado. De repente, no se de donde, salió una piba que no había visto en el cumple. No sé si había ido a buscar a su hijo, si estaba entre las animadoras, o era familiar o que, pero yo no la había visto. Me miró, y sacudió la cabeza como con decepción y se empezó a arrimar lentamente a mi. Yo estaba por ensayar mi habitual huida ante la presencia de cualquiera que intente conversar pero no me dio tiempo, o por alguna razón mística me quedé quieta. Ella se acercó, tenía algo de ángel, algo de sabiduría griega, de pitonisa. Ni me saludó, ni me dijo nada especial, ni una mirada, apenas se terminó de acercar, de quedar a medio metro, y me susurró: “al revés”. ¿Como? “al revés”. No no… yo miré para los costados…. me reí como si me estuviese contando un chiste, para ver si haciendo que entendía, lograba medio zafar de la situación. Ella se dio cuenta y se acercó aún más, aumentando mi sensación de estupidez propia. Se detuvo, me dijo, “al revés” y me hizo un gesto con la mano. Yo no entendí, me sacó sutilmente la caja de jugo de la mano, sacó la pajita, la giró, la volvió a meter en la caja pero ahora la parte que yo tenía para adentro quedó para afuera, y la parte de afuera, la que se dobla, quedo para adentro, de manera que luego del doblez, la pajita se volvía horizontal y ya no vertical, acompañando el fondo de la caja. Yo presentí el milagro. Sorbí fuerte y un trago de líquido del paraíso se metió de golpe en mi boca. Sorbí hasta que no quedó nada. Cuando levanté la mirada ella ya no estaba. Miré para todos lados para agradecerle, pero no la encontré. Le pregunté a todos los que estaban por ahí, pero nadie la había visto, ni la conocía. Los miré, los vi a todos tomando el juguito, empezando a luchar porque su pajita no lograba absorber el fondo de la caja… sentí lástima por ellos, luchando, aspirando, moviendo la caja. Y entonces, me di cuenta que yo sabía algo, que a otra persona le podía ayudar, y empecé a compartirlo.

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