Los temas de conversación

El tipo se sube al ascensor y se cruza con la vecina del décimo piso que viene bajando. Uno nunca sabe lo lento que son los ascensores hasta que los tiene que compartir con alguien. No es solo bajar, es también que se abra la puerta, que se vuelva a cerrar, que los botones. Por eso es que cuando la puerta se va a abrir la gente está desesperada por salir,algunos ni siquiera esperan que se termine de abrir la puerta, se filtran entre las hojas metálicas del ascensor como hacen en las películas los ladrones entre los láser del banco. Seis pisos, en este caso, son más o menos un minuto. Y uno no sabe cuanto es un minuto hasta que tiene estar parado con un extraño en un cubículo de un metro cuadrado.

 

El tipo, entonces, que siempre reza a dioses que no conoce y en los que no cree para que no haya nadie en el ascensor, se siente traicionado por una religión que acaba de inventar cuando la puerta se abre y dentro está la vecina del décimo piso. Él no lo sabe, pero ella dijo “la puta madre que me parió” cuando vio que el ascensor empezaba a frenar en el sexto piso. No es que se caigan mal, para nada, son apenas vecinos, hoy ella viene malhumorada, y el está de buen humor. Pero igual no quieren cruzarse con nadie. Un ascensor no es tu casa, pero es como si lo fuese. El vecino en el ascensor es distinto al del trabajo. Un vecino en el ascensor es un poco un invasor de tu intimidad, y al mismo tiempo sos un invasor de la suya. La puerta se abre, él entra, se saludan. Se hacen ese gestito de cejas para arriba, y asumen que tienen por delante un minuto juntos.

 

Ah, no lo dije. No es un golpe de efecto, simplemente me olvidé. Ellos viven en una ciudad que no conocemos, ni siquiera sabemos su nombre. Está situada en un lugar muy particular en términos geográficos que hace que su clima sea invariable. No fue siempre así, antes un día había sol, otro sol y viento, otro tormenta, otro 17 grados. Era como acá. Las charlas genéricas por tanto tenían un par de caminos establecidos

 

Sin embargo, una serie de movimientos geológicos, tectónicos, ambientales, y un largo listado de especialidades que buscan darle seriedad a mi historia, terminaron haciendo que esta ciudad quedara atrapada en un bucle climático que instaló la temperatura en 30 grados por el día, y 23 por la noche, sin viento, sin nubes, sin lluvia, sin nada más que un cielo celeste y un cielo negro, sin nada más que un sol permanente y una luna en dieta y engorde. Al principio hubo alegría, 28 grados, sol. Muchos anticiparon un tiempo de alegría en la ciudad, que bajarían los índices de suicidio, que las fiestas proliferarían, que los habitualmente tristones habitantes del lugar se volverían más alegres, usarían ropas más sueltas, mostrarían su cuerpo, usarían colores, reirían, serían felices. Unos filósofos del lugar promulgaron que se venía el fin del capitalismo, que ante la posibilidad de vivir en un mundo a 30 grados, con ríos para bañarse, frutas para comer, los habitantes encontrarían una solución superadora del capitalismo, encontrarían la forma de liberar horas de trabajo, de automatizar, todo sin perder calidad de vida. Unos sociólogos hicieron un estudio que mostraba que a los dos años habría un pico de lujuria en la ciudad, equivalente al experimentado en el descubrimiento del LSD.

 

No fue así. Los habitantes disfrutaron durante un tiempo su nuevo clima. Su soñado y tropical clima. Su vida de ananás. Pero no fue así.

 

Y el primer símbolo del problema fue en un ascensor, 4 meses después del bucle climático. Pudo haber sido en la espera del dentista, o entre los dos primeros que llegan al cumpleaños, o en la cola de la farmacia. Pero no, fue en un ascensor. Dos personas compartieron 4 pisos, y ante la sola posibilidad de compartir ese espacio todo se fue al carajo. El tipo entró, y dijo “que calor, eh”, y ahí su interlocutor dijo “el mismo de todos los días”, y ahi el tipo que había entrado primero levantó la mirada, el otro también, se encontraron, y el pacto cayó. Los dos se dieron cuenta que a nadie le importaba un carajo el otro, que hablaban por compromiso, que nada los unía, aunque nada los separaba, y que, ahora que el clima no servía para tema de charla, no quedaba nada. La ciudad se volvió de a poco la ciudad más triste del mundo.

 

El ascensor del vecino del octavo y la mina del décimo llegó a planta baja. No hablaron de nada. El minuto fue eterno. El silencio era un tercer pasajero. Salieron del edificio, el silencio de la ciudad arrasaba, igual que los 30 grados, el sol y el cielo celeste. Afuera, nadie hablaba, hacía ya 3 años que nadie hablaba de nada .

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