Ana soñaba todas las noches de su vida. No había una noche en que no pudiera recordar sus sueños, ni que dejaran de invadir con imágenes y sensaciones, a tal punto que ya sentía que no podía descansar profundamente. Había desarrollado una suerte de miedo sostenido a sus propias horas de sueño. Una pesadilla recurrente que tenía le mostraba como una diosa que nacía del mar, posiblemente Afrodita, la invitaba a conocer los placeres más encantadores del mundo, la invitaba a hacer un viaje amoroso, erótico, pero ella siempre se negaba. y ahí se despertaba para ir a trabajar. Su vida no tenía ni la décima parte de emoción que le presentaba su propia realidad onírica. Pero esto la perturbaba. No quería soñar tanto.